He trabajado con muchas personas a lo largo del tiempo. De algunas recuerdo los cargos, los proyectos, las decisiones difíciles. Pero hay otras que me acompañan de una manera distinta, más honda, más difícil de explicar. No fueron quienes hablaron más fuerte ni quienes se colocaron al frente de nada. No necesitaron hacerlo. Sostuvieron sin imponerse. Estuvieron sin exigir. Hicieron bien sin hacer ruido.
A veces pienso que, si uno no está atento, se le escapan. Porque no se hacen ver, no compiten, no se ponen en el centro. Pero están ahí cuando algo se complica, cuando el clima se enrarece, cuando el grupo se tensa. Son esas personas que alivian sin que se note, que sostienen sin pedir reconocimiento, que permiten que los demás sean un poco más ellos mismos.
Y yo he tenido la suerte de haber estado rodeado de muchas así. Personas que no necesitaban tener razón ni marcar el paso. Que elegían acompañar, y que con eso bastaba. Me enseñaron, sin decirlo, que hay otra manera de estar. Más libre, más generosa. Que no todo tiene que ser visible para tener valor.
Y si lo digo ahora no es solo por gratitud. Es también por deseo. Porque ojalá, aunque sea un poco, aunque haya sido sin darme cuenta, yo también haya sido eso para alguien. Ojalá haya sabido, en algún momento, estar así: sin urgencia, sin exigencia, pero con la fuerza de lo que se queda, aunque no se vea.
Porque al final, uno no siempre recuerda lo que se dijo o lo que se hizo, pero sí recuerda cómo se sintió al lado de ciertas personas. Y ese tipo de huella no se borra nunca.
Gracias. Seguimos 🙂