Para quien no lo conozca: el Snowpiercer es un tren de la ciencia ficción que da vueltas al mundo en un planeta congelado. Es lo único que se mueve en un paisaje muerto. Dentro vive lo que queda de la humanidad, organizados en vagones según su clase social, y el tren no puede detenerse nunca porque detenerse es congelarse.
Es un tren que siempre avanza porque es lo único que puede hacer. Detenerse significaría congelarse, morir, admitir que el movimiento no era la solución sino el problema disfrazado de relato.
Y aunque implica grandes mentiras aceptadas por todos para sobrevivir, el motor eterno embriaga por esa sensación de ir a algún sitio aunque sea en círculos, aunque deje vagones enteros de gente malherida en los compartimentos traseros que es mejor no visitar.
Tú también tienes tu Snowpiercer. Yo tengo el mío.
A veces es un proyecto, a veces una relación, a veces simplemente la forma en que organizamos las semanas como si fueran sprints olímpicos donde quedarse segundo es perder. El tren avanza y nos gusta decir que avanzamos con él. Que somos pioneros. Que estamos construyendo algo grande.
¿Pero has visto las cicatrices? Esas conversaciones que dejaste a medias porque había una reunión más importante. Esa amistad que se enfrió porque el tren no para en estaciones emocionales. Ese cuerpo que te pide descanso y tú le ofreces café como si fuera un pacto razonable.
El Snowpiercer avanza y deja heridas sin curar, porque sanar requiere detenerse, y detenerse es traicionar el único plan que conocemos: seguir siempre avanzando.
Lo fascinante es que dentro del tren se crea una microsociedad. Hay jerarquías, hay rebeliones, hay quien vive en primera clase y quien sobrevive comiendo barras de proteína misteriosa en los vagones de cola. Todos pactan con la velocidad. Todos aceptan que el tren debe seguir. La alternativa es demasiado aterradora: ¿y si el frío de fuera es menos letal que el calor de aquí dentro?
Me debato, te lo confieso. Me atrae la inercia del vagón, el runrún de estar haciendo, produciendo, llegando. Hay algo narcótico en no parar nunca. En responder «estoy a tope» cuando alguien pregunta cómo estás, como si fuera una medalla. Pero luego recuerdo que la templanza no es el freno de emergencia, es simplemente cambiar de marcha. Que hay formas de avanzar y llegar lejos sin arrasar.
Pero al mismo tiempo el Snowpiercer es un destello de esperanza. Porque mientras avanza, hay vida. Hay niños que nacen en los vagones, hay quienes se enamoran entre sacudidas, hay quien cultiva pequeños huertos de lechugas bajo luces artificiales. No todo es distopía pura. Hay momentos en que el tren atraviesa un paisaje blanco y hermoso y alguien se asoma a la ventana y piensa: «Esto, a pesar de todo, merece la pena».
Con esto no quiero decir que la respuesta sea bajarse del tren. Tal vez sea aprender a caminar por los pasillos sin correr. Visitar los vagones traseros. Curar lo que se pueda curar. Aceptar que el movimiento no es virtud por sí mismo.Y de vez en cuando, al menos una vez al día, mirar por la ventana para comprobar que sigues en las vías que elegiste.
Porque el Snowpiercer siempre avanza. Pero no todas las vías llevan al mismo sitio.
* Snowpiercer (Le Transperceneige) es originalmente una novela gráfica francesa de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette (1982-2000).
Fue adaptada al cine por Bong Joon-ho en 2013 y posteriormente a una serie de televisión (2020-2024) producida por TNT y Netflix.
Te los recomiendo para momentos de anestesia necesaria ;)