Piensa en los mantras que te repites para afrontar tu día a día. O en esas canciones que no te sacas de la cabeza. Ambos tienen un significado muy claro que a veces nos negamos a escuchar.

Son los sustitutos necesarios del método infalible de respirar y contar hasta diez. Se han ganado su espacio por su capacidad de hacernos sonreír en los momentos menos oportunos.

Uno aprende a susurrarlos en el ascensor, entre plantas, como quien tararea una canción prohibida. El truco está en que funcionan mejor cuando los pronuncias mal, y es justo en ese momento de tarareo errático cuando la consciencia hace su entrada triunfal.

Como un gato caprichoso, aparece cuando le da la gana, se frota contra tus piernas en mitad de una crisis existencial y desaparece justo cuando empezabas a tomarla en serio. La gracia está en que sus visitas, aunque breves, suelen coincidir con esos momentos en que uno está a punto de hacer una tontería memorable.

Para intentar mantener estas visitas del gato esquivo de la consciencia, inventamos rituales. Son esos pequeños gestos que nos mantienen a flote, como poner el despertador siempre en números impares o guardar las camisetas por orden cromático. No arreglan nada, pero ordenan el caos con cierta gracia.

Pero ningún ritual evita los tropiezos. Estos maestros inesperados aparecen justo cuando ibas a dar un salto triunfal. Se colocan ahí, como muebles en mitad del pasillo, obligándonos a improvisar una coreografía que, sorprendentemente, a veces sale bien.

Por eso el secreto está en la aceptación de las pequeñas verdades. Son como esas monedas que encuentras al cambiar de pantalón: inesperadas, brillantes y casi siempre insuficientes para un café. Pero las guardamos igual, por si acaso algún día se revalorizan.

Y entre moneda y moneda, como premio por la persistencia, llega la claridad.

Tiene algo de comedia romántica: aparece cuando ya habías renunciado a ella, probablemente un martes cualquiera mientras buscabas las llaves del coche. Y como en las buenas comedias, suele traer consigo una banda sonora improbable y un final que no esperabas, pero que de alguna manera tiene sentido.

Y mientras sigues buscando sentido como quien busca las llaves que tiene en la mano, ¿no será que la gracia está en todo lo que encuentras por el camino? Esos mantras mal pronunciados, los gatos filosóficos, las verdades con sabor a café de máquina…

Quizá la próxima vez que tararees ese estribillo gastado o guardes una concha en la playa, te des cuenta de que ya tienes delante lo que andabas buscando.