A veces, estamos tan inmersos en la rutina que ni siquiera nos damos cuenta de que estamos viviendo nuestro propósito, al menos en ciertas áreas. Nos enfocamos tanto en buscar ese “alineamiento perfecto” en todas las facetas de la vida que olvidamos que el propósito puede estar fragmentado. Y eso está bien.

 

Cuando escuché ayer a Miguel Ángel Tobías hablar de cumplir sueños y vivir según tu propósito, algo se me quedó grabado: la pasión nos hace perder la noción del tiempo. Miguel Ángel es un ejemplo vivo de que , cuando hablas desde el corazón, las palabras fluyen como un río sin orillas. Y, quizás por eso, cuando mencionó su reto, lo tomé como una especie de mantra para vivir: llenar cada día de momentos que te gustaría repetir, rodeado de las personas que amas y construyendo la persona que quieres ser.

 

Suena simple, casi como un eslogan de autoayuda, pero cuanto más lo pienso, más veo la profundidad del reto. No se trata de gestos grandiosos ni de cambiar el mundo de un día para otro. Se trata de estar alerta a esas pequeñas trampas que nos seducen con su aparente comodidad, pero que, en realidad, nos alejan de lo que verdaderamente somos.

Me pregunto entonces: ¿cómo llenar los días de esos momentos que valgan la pena repetir? En mi caso, como padre, siento que ya estoy en mi propósito. Eso me apasiona. Ahí estoy al 100%, completamente alineado, disfrutando cada día de la paternidad.

Sin embargo, en el ámbito profesional, he sentido que hay un espacio que todavía no he logrado llenar por completo. No es que no aprecie mi trabajo actual, pero tampoco me satisface al 100%. En lugar de huir o tratar de cambiar todo radicalmente, he optado por convivir con esa sensación de insatisfacción, entendiendo que es parte de un proceso de crecimiento. He llegado a la conclusión de que mi verdadera pasión radica en formar parte de proyectos que vayan más allá de los objetivos convencionales y que contribuyan a un futuro más sostenible e inclusivo.

Por eso, aunque continúo comprometido con la visión que tengo desde mi puesto actual, me encuentro en la búsqueda de un equipo o proyecto que comparta esta perspectiva, donde pueda aplicar mis habilidades y experiencia para generar un impacto positivo en el mundo.

Mientras tanto, trato de mantener viva la ilusión de aprender cosas nuevas: cocinar platos de otras culturas, perfeccionar un idioma o lanzarme a una nueva disciplina técnica que me saque de mi zona de confort. Y quiero viajar más, conocer más formas de vivir. No solo para hacer turismo, sino para encontrarme en cada rincón, en cada comida, en cada conversación. Viajar y aprender son, para mí, formas de romper esa cuerdecita, de reconectar con la parte de mí que siempre quiere más.

Al final, Miguel Ángel dejó una reflexión que no puedo sacarme de la cabeza: “¿Quién dijo miedo?” Y creo que ahora empiezo a entenderlo.

No es cuestión de ser valiente ni demasiado atrevido, de seguir escuchando a ese niño interior que nunca deja de tener inquietudes. Cada vez que le das espacio, que atiendes sus deseos, te acercas más a vivir plenamente. Enfrentar los miedos, superar las heridas y re significar los retos es parte del proceso. Y cuanto más lo haces, más entiendes que el miedo no es un obstáculo, sino una señal de que aún queda camino por recorrer.