Hay verdades que preferirías no haber visto este año pero que, una vez vistas, ya no puedes «desver». Se quedan ahí, encendidas, y ya no hay forma de volver a dormir a oscuras.

Son cosas incómodos que duelen, claro. Como esa conversación pendiente. O ese patrón que llevas años repitiendo con diferentes trajes.

Pero luego está lo otro. Lo incómodo divertido. Y eso casi nadie lo cuenta.

Es mandar ese mensaje que has borrado tres veces porque te da vergüenza sonar vulnerable. Y cuando lo mandas, resulta que la otra persona estaba esperando justo eso.

Es apuntarte a salsa o kickboxing o lo que sea, sentirte ridículo los primeros quince minutos, y salir con una historia que vas a contar durante años. Es viajar solo, cambiar de opinión en público, probar ese proyecto absurdo que te hace ilusión aunque nadie más lo entienda.

Lo incómodo divertido tiene algo de electricidad. Da el mismo miedo que lo incómodo serio, pero del otro lado no solo hay crecimiento. Hay risa. Hay esa sensación de «ya era hora, qué bien que me haya atrevido».

Pero el confort mola, no nos engañemos.

El problema es cuando se convierte en lo único. Cuando organizamos toda la vida para evitar cualquier roce y la burbuja que parecía protección empieza a asfixiar.

En estas fechas se ve claro. Todo el mundo buscando que el año cierre sin grietas. Y está bien. Pero a veces, en el intento de que todo fluya, acabamos anestesiando también lo que importa.

Hay un punto medio. Saber distinguir qué incomodidad te construye y cuál te destruye. Qué te paraliza y qué te activa.
Mi propuesta: no evites todo lo que te da un poco de vértigo.

Manda ese mensaje. Apúntate a esa clase. Di en voz alta eso que llevas pensando tres meses. Ten esa conversación aunque no sepas cómo va a salir.

Porque al otro lado hay una versión de nosotros que ya no le tiene tanto miedo al ridículo. Que sabe improvisar. Que se ríe de uno mismo. Y esa versión vale la pena.

Afronta unas cuantas incomodidades elegidas. Las serias, sí. Pero sobre todo las divertidas. Esas que te devuelven con historias y no sólo con cicatrices.

El turrón del duro a veces sabe mejor que el que se deshace sin esfuerzo. Y si no, siempre nos quedará un brindis con buen cava para que no se nos haga bola 😉