El peaje de encajar
Piensa en el encaje como un río. Hay corrientes donde tu barca fluye sin esfuerzo, donde el agua te lleva y todo parece diseñado para avanzar a tu paso.
La sensación de dejarse llevar por esos cauces es hermosa, necesaria incluso. Nos permite avanzar sin el agotamiento constante de remar contra la corriente. Pero no todos los ríos van hacia donde necesitas ir. Y cuando te das cuenta empieza un nuevo fluir, diferente y no tan ligero.
Uno de mis mayores descubrimientos fue entender que encajar y fluir no son lo mismo que pertenecer. Se puede ser parte de algo sin encajar del todo, con cierta fricción, aunque nos enseñaron a confundirlos. Y durante mucho tiempo, aceptamos ese truco: desaparecer un poco a cambio de que alguien nos hiciera un sitio en la mesa.
Es entonces cuando empiezas a necesitar salir del río, cargar la barca sobre tus hombros y atravesar el campo abierto en busca de otro afluente. Ahí no hay fluidez. Hay resistencia. Piedras, ramas, brazos cansados del peso de llevar tu verdad completa.Y la gente que permanece en el río te mira desde la distancia y pregunta por qué complicas tanto las cosas. Lo que no ven es que su río no va a tu mar.
Sin embargo, en ese camino hay cosas que heredamos que vale la pena conservar. Antes pensabas que eran tradiciones vacías u obligaciones, pero ahora las ves como un sistema de convicciones profundas que reconocías como tuyas antes de poder nombrarlas. Por ejemplo, la certeza de que tienes algo que aportar, de que tu talento existe para canalizarse hacia algo más grande que tú. Eso nunca fue una carga. Era una brújula.
Mira el reflejo de nuestros padres que tanto se esforzaban en encajar. Recibían reconocimiento y amor. Pero ese acuerdo social los diluía lentamente hasta que ya no recordaban qué parte de su ser habían dejado atrás. Como ese mueble del salón que presidía cada hogar, perfectamente ordenado, lleno de copas y platos finos en una casa que se caía a pedazos. La paradoja de sostener algo extraordinario con ropa de domingo mientras todo lo demás se desmorona en silencio. Cuando creces viendo eso, malinterpretas que el amor viene con condiciones.
No muestres demasiado, modula tu intensidad para que otros respiren tranquilos. Calla para evitar desaires. Y lo haces porque la armonia es tranquilizante, hace que te sientas querido, aunque jamás del todo comprendido. Y durante años, eso parece suficiente.
Hasta que un día das un paso importante fuera del guión y recibes juicio envuelto en preocupación. No preguntan de dónde viene ni qué significa. Simplifican, etiquetan, cierran la puerta. Y ahí te das cuenta: tú también has cedido a la inercia de la pertenencia mal entendida. Ya no sabes qué partes de ti son reales y cuáles son máscaras.
Ese es el momento en que debes aceptar que has estado cumpliendo un propósito, sí, pero con un método que te descompone por dentro. Entonces toca soltarlo, dejar caer el molde. El que te dieron y el que construiste tú mismo, creyendo que era tuyo. Ese eje vital que en realidad pertenecía a otros. Ese guión no escrito que durante años te mantuvo a salvo, te dio estructura, te ofreció una identidad prestada.
Y entonces caminas. Sales del río sin mirar atrás, atraviesas el campo abierto. Y en ese tránsito aparecen otros que también se desviaron. Llegan en la universidad, en el trabajo, en el barrio y te traen algo inesperado: sus rarezas, sus no-encajes, sus fisuras. Eso te ayuda a entender las tuyas. Descubres que lo que cada uno escondía por vergüenza, juntos lo pueden nombrar sin disculparse.
Recoges formas de pensar, de sentir, de existir que otros valientes te muestran. Construyes un refugio nuevo que conserva el propósito, pero desde quien realmente eres. No desde la dilución, sino desde la integridad.
Y con el tiempo aprendes a presentarte como eres, un desorden honesto. Porque el encaje que requiere que te disfraces no es encaje. Es disolución. Y si te disuelves, ¿qué queda para aportar?
La pregunta ya no es cómo encajamos, sino dónde elegimos poner nuestra energía.
Ahora elige tu puerta final
Este ensayo tiene tres finales posibles. ¿Cuál es el tuyo?
Abre la puerta de la embajada y encuentra el punto medio
Construyes tu embajada. Un territorio soberano en tierra extranjera, donde mantienes tus propias reglas mientras respetas el protocolo del país anfitrión.
Con los que nunca saldrán del río, compartes lo suficiente para mantener la conexión, pero proteges las partes que sabes que no pueden sostener. No es mentira; es traducción elegida, no impuesta. En tus nuevas relaciones, muestras desde el principio las contradicciones, las complejidades. Algunas personas se van. Pero las que se quedan, se quedan de verdad.
La autenticidad es una práctica, no un principio absoluto. Mantienes tu espacio interior intacto mientras navegas el territorio ajeno con fluidez. Y encuentras una paz imperfecta pero real.
Abre la puerta del concierto y disfruta del espectáculo
Decides que el problema no es tu falta de encaje sino la tiranía del encaje mismo. Dejas de buscar tu lugar en sistemas que nunca fueron diseñados para contenerte. Construyes tu propio escenario.
Creas tu concierto. No preguntas qué quiere el público; tocas lo que necesitas tocar. Cada vez que alguien dice «eso es raro», dejas de traducir. Lo raro eres tú, y ya no pides permiso para serlo. Y aunque duele, dejas de responsabilizarte por su incomodidad.
El encaje ya no es el objetivo. Tu frecuencia , amplificada, lo es. Los que resuenan, entran. Los que no, se van. Y disfrutando desde el escenario descubres que había más personas esperando ese concierto específico de las que imaginabas.
Abre la puerta de la tienda de espejos y sigue jugando
Eliges permanecer en los espacios incómodos y convertirlos en espejos. No te vas, pero tampoco te adaptas. Te quedas exactamente como eres y usas tu diferencia como invitación.
Cuando alguien sugiere que algo está mal en ti, preguntas: «¿Qué te asusta de esto?». No siempre funciona. A veces te quedas solo con la pregunta. Pero de vez en cuando alguien se detiene. Alguien baja la guardia y dice «tienes razón, tengo miedo, y no sé por qué».
Y en ese momento camináis juntos un trecho. Descubrís un encaje que no existía antes porque alguien tuvo la paciencia de preguntar en lugar de huir. No evitas la fricción: la usas como el fuego que permite ver con más claridad.
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Juan Guízar –
Interesantísimo ensayo. Me quedo con esa distinción vital: encajar y fluir no son lo mismo que pertenecer.
Como lector, me ubico en esa «puerta de la embajada»: un punto medio donde habita una paz imperfecta pero real. Mi forma de entender la autenticidad es la honradez de mostrarme siempre como soy, incluso reivindicando mi aparente despiste y la capacidad de reírme de mí mismo. Al final, si el encaje exige disfraz, no es encaje, es disolución. ¡Gran trabajo, Guillermo!
Ana –
Me encanta Guillermo no podías explicarlo mejor