El retrato de tu mirada

Hay días que caminas mirando al suelo.

El peso se va imponiendo despacio, sin avisar, hasta que en algún momento dejas de levantar los ojos y ni siquiera lo notas. El suelo te devuelve los problemas, los errores, las decisiones pendientes. Y tú sigues caminando, muy ocupado, muy activo, mirando justo donde están todas las razones para no avanzar.

Y para no tener que mirar arriba, aprendes a llenarlo todo con una precisión que da respeto. Una serie  de Netflix que empieza sola cuando el silencio se acerca demasiado. Unos viajes y planes encadenados para que nunca haya un hueco donde pueda aparecer lo que no quieres escuchar. O el sobre pensar una decisión hasta que desaparece bajo el análisis y lo que queda es la ilusión de estar resolviéndola.

Todo suena a responsabilidad, todo tiene buenas razones. Y mientras tanto la cabeza sigue bajando y el horizonte desaparece sin que nadie te lo haya quitado.

Lo que no sabes, o no quieres saber, es que ese ruido lo estás eligiendo tú. Y que debajo de él hay una voz que no se calla, que no grita, que sólo espera a que el ruido baje lo suficiente para que puedas escucharla.

Pero la vida tiene sus propias formas de parar el ruido cuando tú no puedes. Un duelo. Un nacimiento. Un cambio que no elegiste del todo o que elegiste con más valentía que certeza. El caso es que en algún momento toca parar, y cuando lo haces, lo que aparece no es el caos que temías sino las pocas cosas enraizadas y profundas que siempre estuvieron ahí.

El cuidado, la entrega con foco, las relaciones que se mantienen porque son verdaderas, los momentos sin agenda. La certeza, que no necesita demostrarse de que estás donde tienes que estar siendo quien tienes que ser. Esos son los anclajes. Los que te traen a la raíz de golpe, sin aviso, sin mérito tuyo. Y cuando llegan entiendes que la voz interior no se había ido. Eras tú el que había dejado de darle espacio.

Mi madre era el ejemplo contrario. No necesitaba que la vida la parara porque nunca había perdido el horizonte. Llevaba la voz puesta. Una sabiduría muy cultivada pero también nativa, irrepetible, de esas que no se aprenden sino que se reconocen cuando las ves de cerca. Sabía que no podía y aun así creía primero, con una convicción que no dependía del resultado ni del aplauso de la habitación en que estaba.

Mirándola como hijo entendí hacia dónde miraba ella. Y en esa distancia entre su mirada y la mía estaba todo lo que me quedaba por aprender. Cuando se fue, la pregunta que hacía con su manera de vivir sigue resonando. ¿Estás mirando hacia donde de verdad quieres mirar?

Yo tardé en responderla. Necesité dejarlo todo para levantar la vista del suelo. La ciudad, el trabajo, el círculo construido durante años. Había mucho ruido antes de ese día, el que te pregunta quién eres tú para empezar de cero, el que te recuerda todo lo que perderías, el que sabe exactamente dónde ponerse para que no lo llames miedo

Y debajo de todo ese ruido estaba la voz. Cuando por fin la escuché no me dijo que no iba a poder. Me dijo que valía la pena intentarlo. Levanté los ojos y vi el horizonte. 

Y lo vi en la mejor compañía posible, junto a alguien que llevaba mirando hacia el mismo lugar mucho antes que yo. Porque mirar al cielo o mirar al suelo no es una metáfora. Es lo construyes y lo que te retrata.

Ahora elige tu puerta final

Este ensayo tiene tres finales posibles. ¿Cuál es el tuyo?

Abre la puerta del cartógrafo

Decides mapear el territorio con honestidad, repasando con mimo el camino que pisaste. Ves los tramos donde el ruido te bajó los ojos sin que lo notaras. Los momentos donde llenaste cada hueco para no tener que quedarte quieto con la pregunta. Y ves también las veces que un anclaje te devolvió al horizonte sin que lo buscaras, que son más de las que recordabas.

El mapa no te dice a dónde ir. Pero ya no puedes mentirte sobre dónde has estado mirando. Y eso, cuando se acepta de verdad, es el único punto de partida que vale.

Abre la puerta del guardabosques

Aprendes a reconocer cuándo empieza a bajarte la mirada. La textura particular del ruido que la baja, cómo suena cuando tapa las preguntas necesarias, cómo se disfraza de responsabilidad o de sensatez o de trabajo bien hecho. Y aprendes también a cultivar los anclajes antes de que los necesites. El paseo sin destino. La conversación que no tiene hora de terminar. El silencio elegido, que es distinto al silencio que te asusta.

Hay personas que vivieron así de forma nativa, con la voz siempre accesible, sin necesitar que la vida las parara para escucharla. Su manera de estar en el mundo no pedía explicación. Y su recuerdo, cuando el ruido arrecia, es también un anclaje. Quizás el más hondo de todos.

Abre la puerta del soñador

El soñador vive con los pies en la tierra y los ojos en lo que todavía no existe. Cultiva el silencio como otros cultivan la tierra, sabiendo que es ahí donde la voz crece, donde los anclajes echan raíz, donde las pocas cosas importantes encuentran su lugar sin tener que competir con el ruido.

Y cuando el horizonte se nubla, que se nublará, vuelve al silencio. Sin miedo, con la certeza de alguien que ya sabe lo que hay al otro lado

Porque soñar no es escapar de la realidad. Es negarse a perder el horizonte de vista.

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1 review for El retrato de tu mirada

  1. Guillermo Irure

    Me encantará saber qué opinas o cuál es la puerta que has decido abrir. Gracias por leer.

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Creo en las preguntas que no tienen respuesta. Creo que pensar es una forma de habitar el mundo.

Por eso, cada día 11, nace un ensayo. Una forma de pensar y compartir en voz alta.

 

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