La cinta en la cabeza

El domingo estuve una hora sentado con el móvil de mi hijo delante, decidiendo qué bloquear.

Al principio sabes lo que buscas evitar: el algoritmo que no para nunca, los desconocidos que pueden escribirle, el diseño pensado para que no suelte la pantalla. Eso lo tengo claro.

Pero esta semana, de repente, Google nos manda un email a los dos para informarnos de que, al cumplir 14 años, la supervisión es opcional. Lo que antes gestionaba una app, a partir de ahora lo decide él.

Si aceptamos, llegaremos a un nuevo pacto sin intermediario. La protección ya no estará en una aplicación, sino en algo bastante menos controlable: lo que hayamos sido capaces de sembrar antes de que llegue ese momento.

Hace unos días había vuelto a leer «Profesión», un cuento que Isaac Asimov publicó en 1957.

En su mundo, nadie estudia ni se equivoca. A los 18 años, una máquina lee el cerebro y descarga una profesión mediante unas cintas. En unos minutos eres experto. También eres completamente inútil si algo se sale del guion.

No sabes por qué funcionan las cosas. Solo sabes hacer aquello que te instalaron.

Los pocos que nunca reciben la cinta aprenden despacio, a golpes. Y cuando el sistema falla, son ellos quienes pueden enfrentarse a algo que nadie les había enseñado.

Pensé en mis hijos. Blindarlos de todo lo que pueda hacerles dudar o equivocarse es instalarles mi cinta.No quiero que se enganchen a nada diseñado para que no puedan soltarlo. Eso lo tengo clarísimo.  Pero tampoco quiero resolverles cada duda antes de que la tengan, ni ahorrarles cada error antes de que lo cometan.

Quiero que tengan que quedarse con alguna pregunta un rato. Que prueben. Que se equivoquen. Que descubran que no siempre hay alguien al otro lado para decirles qué hacer.

Y que, cuando vuelvan el jueves, me cuenten qué hicieron con ella. Si es que llegan a hacérsela.

Ahora elige tu puerta final

Este ensayo tiene tres finales posibles. ¿Cuál es el tuyo?

Abre la puerta del vacío

No aceptas la supervisión opcional. Cierras el email y no dices nada más en la cena. Sabes que algún día se equivocará con algo que ya no puedes ver, y tendrás que sostener el «no pasa nada» sin más argumento que dejarle llegar solo a la respuesta. Es incómodo para los dos, y tú lo sabrás antes que él. Pero la duda es suya, y también de él resolverla.

Abre la puerta de la pregunta

Aceptas la supervisión opcional esta noche, sin dudarlo, casi sin pensarlo. Pero el jueves, en la cena, se lo preguntas de todas formas: qué haría él si tuviera que decidir solo. Escuchas la respuesta como quien toma notas para más adelante .Para ir sabiendo hacia dónde aflojar, o por dónde apretar.

Abre la puerta del asesor de IA

Aceptas la supervisión opcional. Pero antes le preguntas a tu IA qué app de control parental es la mejor valorada este año. Instalas la que te recomiende, activas los ajustes por defecto, y cierras el portátil con la sensación de haber resuelto algo. El jueves ya no hace falta preguntarle nada: la cinta ya está puesta, y es la tuya.

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Creo en las preguntas que no tienen respuesta. Creo que pensar es una forma de habitar el mundo.

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